Cosas Rusticas
Jardin de Gente
lunes, 19 de marzo de 2012
jueves, 15 de marzo de 2012
miércoles, 14 de marzo de 2012
Elogio de la renuncia

Durante mucho tiempo no existieron recomandaciones escritas al respecto. Ninguno de los autores del barrio se ocupò del asunto para clasificarlo y ordenarlo.
Los Hombres Sensibles se limitaban a aplaudir cada renuncia, sin detenerse a meditar el caràcter ético o estético de los gestos individuales. De cualquier manera, ya se sabe que los muchachos del Angel Gris confundìan casi siempre lo bueno con lo hermoso y verdadero. No es extraño encontrar en sus textos referencias a teoremas canallescos, flores mentirosas y corajes vistosos. Nadie puede sospechar que esta adjetivaciones se propusieran el asombro: eran la expresiòn cabal de hombres a quienes las propiedades del bismuto solian parecerles una compadrada.
Este caos inicial del espiritu renunciante dura hasta la apariciòn de una pequeña antologìa realizada por Manuel Mandeb. Se titulaba Ni aùn me lo pidan de rodillas y consistìa - como ya puede adivinarse - en una colecciòn de renuncias memorables. El libro comienza con una del propio Mandeb, que no tiene fecha y que reviste la forma literaria del telegrama. Los glosadores se inclinan a creer que su texto original fue mucho màs breve que el que figura en la antologìa. Y en realidad es muy probable que el autor haya querido amenguar los estragos que las tarifas del correo suele hacer en el estilo literario de sus clientes.
Al parecer, Manuel Mandeb expone en esta pieza su decisiòn de declinar el cargo de cadete en la Farmacia Ghigliotti de Caseros, a causa de graves desinteligencias filosòficas y empresarias con la conducciòn de la firma.
Siguen a ésta veintenueve renuncias de toda indole.
Merece destacarse la nùmero doce, suscripta por el doctor Angel D. Molina Acosta y dirigida al administrador del edificio en el que vivìa, con copia a cada uno de los copropietarios. En realidad es el anuncio de la inminente mudanza del doctor Molina Acosta, pero al hombre se le antojaba esta actitud como una renuncia a su caràcter de inquilino.
Vale la pena transcribir la nùmero veinte, aunque no sea por su brevedad:
“Yo no me llamo cincuenta pesos”.
Firmado: Ramòn.
La antologìa de Mandeb es de lo peor que ha escrito el polìgrafo àrabe. Pero sus consecuenciasd fueron notables. Su lectura despertò en muchas personas la conciencia de una vocaciòn renunciante. Y los màs emprendedores comprendieron las ventajas de reunirse y asociarse, para brindarse mutuo apoyo, para esclarecer puntos oscuros y para difundir la doctrina en los barrios bàrbaros.
Asì nace la Sociedad de Renunciantes de Flores.
Los maliciosos afirman que esta gente pasaba la mitad del tiempo eligiendo presidentes y la otra mitas considerando sus renuncias. Esto es casi cierto, pero no puede negarse que han dejado una serie de pensamientos muy interesantes, especialmente en estos tiempo, en los que nadie renuncia a nada.
Todo socio o simpatizante de la entidad tenìa como obligaciòn principal la de hacer obra para merecer algo. Muchos emprendìan carreras univeritarias, otros trabajaban durante años en casas de comercio, los menos eligìan el camino del arte.
En algùn momento el tesòn o el talento eran reconocidos. Y ahì empezaba la verdadera tarea: rechazar ese reconocimiento. Los médicos renunciaban a su tìtulo. Los amanuenses a su ascenso. Los artistas al renombre. De este modo, la culminaciòn de los esfuerzos de toda la vida consistìa en renunciar a la recompensa.
Semejante postura espiritual debìa ir acompañada en todos los casos por una conducta digna y humilde. Los renunciantes jamàs se dejaban tentar por la notoriedad. Iban siempre a menos. Si por su mente cruzaba un argumento feliz para refutar a algùn pedante, se lo guardaban. Muchas veces pasaban por cobardes, sobràndoles cuero para ser corajudos. No cobraban los billetes premiados y se iban al mazo con el as de bastos.
Como ocurre siempre con las grandes corrientes filosòficas, no tardaron en aparecer heresiarcas.
El primer problema que se presentò era bastante previsible: muchos socios que se empeñaban en tareas ciclòpeas llegaban al final del camino sin que nadie les ofreciera gratificaciòn alguna. Mandeb y otros ortodoxos sostuvieron que la verdadera renuncia es anterior al premio, debe yacer en el espiritu y no necesita hacerse manifiesta.
Pero esto era demasiado para algunos afiliados no del todo fuertes. Y asì, muchos apresurados empezaron a renunciar pùblicamente a distinciones que nadie les habìa ofrecido.
En 1967, el arquitecto Mario Cuenca, que ya no era joven y que nunca habìa sobresalido, se permitiò renunciar anticipadamente a su nominaciòn como uno de los diez jovenes sobresalientes del año. Su carta causò sorpresa entre los funcionarios, que ni siquiera lo conocìan. Cuenca no recibiò ni el mòdico halago de la aceptaciòn de su renuncia.
Sin embargo, su ejemplo hizo escuela. Muy pronto los socios de la agrupaciòn dejaron de hacer méritos para dedicarse tan sòlo a renunciar.
La fundaciòn Nobel, el Circulo de Periodistas Deportivos, las academias y los colegios recibìan docenas de notas firmadas por los hombres de Flores, deseosos de rechazar cualquier eventual medalla.
Ya se puede uno imaginar el catastròfico efecto de este nuevo criterio.
Gandules que renunciaban a empleos que no tenìan. Galanes que rompìan con novias ajenas. Indoctos que rechazaban càtedras inalcanzables.
Pareleòlamente, la proverbial dignidad de los renunciantes se fue deteriorando. Empezaron a aparecer falsos virtuosos que se jactaban de resistir tentaciones que no sentìan. Y eso - come bien lo afirma Mandeb - no costituye en verdad hazaña ninguna. Leamos el pensador de Flores.
“La virtud no consiste en privarse de lo que a uno no le gusta. ¿Qué mérito representa el no tomar guindado si uno detesta esa bebida? El verdadero virtuoso es aquel que a todas horas siente deseos de tomar guindado y no lo hace. Por eso, cuanto mayor sea el nùmero de tentaciones que nos acechen, màs grande serà también nuestra ocasiòn de ejercer la virtud. Un hombre sin tentaciones jamàs podrà ser santo.”
Hay que aclarar que ni Manuel Mandeb, ni la mayorìa de los Hombres Sensibles de Flores pertenecieron a la Sociedad de Renunciantes de un modo efectivo. Miraron con simpatia las actividades del grupo y sufrieron ante su decadencia.
Con los años, las ramas heréticas fueron multiplicàndose. Unos atorrantes de la calle Moròn decìan haber renunciado a la renuncia. No se privaban entonces de nada: se entregaban a los placeres màs guarangos y de yapa de jactaban de su alta condiciòn moral. “Nada nos gustarìa màs que renunciar al juego, al alcohol, a los lupanares y al dulce de leche. Pero hemos renunciado a renunciar.”
Un grupo de esteticistas de la avenida Gaona entendìa la renuncia como una de las artes literarias. De este modo nace la renuncia-ficciòn, género que ùnicamente exige la redacciòn de un texto, sin que esto implique el abandono de nada. Hay que reconocer que algunas obras surgidas de este cenàculo son primorosas.
Las hubo melancòlicas, apasionadas y hasta versificadas, como ésta que transcribimos:
“Informo con la presente
que a partir de este momento
al cargo que yo detento
renuncio redondamente.
Lo saluda atentamente
Angel Natalio Formento.”
Después también hubo escisiones entre los literarrios y los màs recalcitrantes se condenaron al silencio.
Otras manifestaciones artìsticas tuvieron lugar en la calle Pedernera, donde se cantaban canciones de renuncia, aunque los cantores gustaban de hacerse rogar durante horas.
Pintores renunciantes parece que no existieron, aunque ciertos crìticos creìan ver en los cuadros del famoso plàstico Lucio Cantini una especie de renuncia, aunque no acertaban a explicarse en qué consistìa.
El ùltimo y tal vez màs agudo de los sectores disidentes fue el de la calle Boyocà, que sostenìa que cualquier conducta lleva implìcita una renuncia a otra conducta posible. El que se dirige al norte ha renunciado al Sur, al Este y al Oeste. El que toma mate amargo ha renunciado al azùcar y el que lo toma dulce ha renunciado a la amargura. Vivimos renunciando, aunque no lo sepamos.
Como puede verse, la intenciòn primitiva habìa quedado muy lejos. El demasiado anàlisis condujo a los neorrenunciantes hacia el lado de los tomates.
hoy, los estrictos consejos morales de la primera época se nos antojan exagerados.
Pero quizàs convenga que todos nosotros los examinemos minuciosamente. No està tan mal renunciar de vez en cuando. La verdadera nobleza consiste en hacer lo que uno debe, sin esperar recompensa ninguna. Tampoco està mal darle cierta ventaja a la vida. Sespués de todo, el que pierda puede alardear aunque pierda.
Y una cosa màs. Si no podemos enorgullecernos de lo que hemos hecho, que nos quede por lo meno el orgullo de lo que no hemos querido hacer.
© Alejandro Dolina - Crònicas del Angel Gris
Ediciones Colihue, 1986
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LOS REVELADORES DE SECRETOS

La aboliciòn de secretos es tal vez la actividad màs difundida de este mundo.
El periodismo, el trabajo cientifico, los horarios del ferrocarril, las balanzas, la policia, y los letreros de las fondas persiguen, si bien se mira, un fin comùn : poner en conocimiento de las gentes datos que permanecian ignorados.
La cuestiòn no parece muy prometedora que digamos para el pensador aficionado. Pero en el barrio de Flores ocurrìan cosas raras. Los Hombres Sensibles presintieron algo siniestro y se esforzaron en sospechar le presencia de una conspiraciòn organizada para arrojar luz en todas partes, especialmente allì donde la sombra es preferible. Los muchachos del Angel Gris hablaban con temor de una entidad de batidores llamada Club de los Bueyes Corneta o Reveladores de Secretos. Nunca se aportaron pruebas cabales de su existencia real, pero lo cierto es que hubo un tiempo en que nada podìa ocultarse en aquella zona.
Todos los dìas, legiones de viejas charlatanas recorrìan las calles cumpliendo tareas de averiguaciòn y difusiòn.
En las paredes, manos desconocidas pintaban revelaciones escandalosas. Lo mismo ocurrìa en los vidrios hùmedos de los boliches.
Una tarde, el ingeniero Pignataro descubriò en una prenda interior de su esposa –la señora Irma C. de Pignataro– la inscripciòn “Ya no te quiere”. Apremiada por su esposo, la mujer manifestò desconocer el origen del fenòmeno, pero –entre lagrimas- mostrò un calzoncillo del ingeniero en el que se leìa la misma frase. No se querìan y ya no era un secreto.
En el pico de una torcaza muerta, Chimango, el pibe màs cruel de Flores, leyò con espanto “Fuiste vos”.
En el cielo volaban aviones indiscretos que arrojaban papelitos o escribìan secretos con humo.
Al atardecer, circulaban unos camioncitos con altoparlantes:
- Pocha Cisneros afila con un guitarrista de Luganooo…
Alguien abrìa los buzones y todas las cartas eran violadas. Al principio con disìmulo, pegando los sobres nuevamente. Màs tarde, perdido todo recato, rompìan el papel y se afanaban las estampilla extranjeras. El algunos casos llegaban hasta a hacer anotaciones zafadas en el margen. En las peluquerìas circulaba una guìa o catàlogo donde se consignaban miles de secretos clasificados por rubro y por persona. Allì, los interesados podìan enterarse de innumerables chimentos: habìa secretos amorosos, secretos familiares, secretos cientificos, secretos profesionales, secretitos infantiles y enormes secretos de traiciones y delitos. En la plaza se repartìan fotocopias de todos los diarios ìntimos de las muchachas enamoradas. Los atorrantes del barrio los leìan a los gritos y las chicas se encerraban para siempre a morir de vergüenza. Llegò un momento en que todas las cosas eran pùblicas en Flores. Manuel Mandeb veìa en esto un ataque a la libertad.
- Los actos privados de un señor constituyen la primera de sus libertades. Cuando alguien cae preso, lo primero que se le quita es la privacidad. Todo debe hacerlo ante la presencia de multitudes. -
Como quiere que sea, Mandeb y sus amigos no pudieron evitar que se conocieran algunos de sus secretos.
Jorge Allen –por ejemplo- tenìa un lugar oculto para ir a llorar. Al poeta le resultaba enojoso llorar en su casa, donde su madre insistìa en interrumpirlo con consuelos. Tampoco le gustaba hacerlo en la calle o en las pizzerìas. A decir verdad, siempre es dificil encontrar un sitio para llorar en paz. Los domingos por la tarde, Allen se metìa en un baldìo de la calle Moròn y sollozaba durante un par de horas. Hasta que un dìa alguien instalò en el frente un cartel rojo y blanco que informaba : « Aquì llora Jorge ».
A veces la averiguaciòn de un secreto es otro secreto. Jaime Gorriti solìa espiar por la ventana a Estela, una pechugona del pasaje de la estaciòn. El hecho se supo y tambièn se dijo que Estela se dejaba espiar con el mayor beneplàcito.
Las gentes vulgares alcanzaron a enterarse de un lamentable episodio que viviò el ruso Salzman, cierta noche que se desgraciò frente a dos señoras.
El mùsico Ives Castagnino habìa compuesto un vals que ùnicamente tocaba cuando estaba solo. Era una melodìa inspirada en los sentimientos màs ìntimos y delicados. Muy pronto las barras de muchachones cantaron el vals en los partidos de fùtbol, con una letra infame.
Manuel Mandeb acostumbraba mandar versos a sus novia.
Casi siempre sucedìa que las novias le aparecìan con mayor frecuencia que la inspiraciòn, de modo que el hombre utilizaba repetidamente las mismas poesìas. Alguien mandò publicar cartas amorosas remitidas por el pensador a doce diferentes señoritas. En diez de ellas figuraba su dècima Mi primer verso.
Mucha gente recibiò esta gesta indiscreta con el mayor entusiasmo. Los estòmagos resfrìados se adelantaban a las indicaciones haciendo confidencias a cualquier desconocido. La señoritas se desabrochaban ante la menor insinuaciòn. En las fiestas se praticaba el insìpido juego de la verdad, que consiste en confesar que uno tiene los pies sucios, creyendo que de ese modo se profundizan las amistades.
Algunos personajes, que resultaban atractivos merced a su fama de misteriosos, quedaron retratados como simples chitrulos, al comprobarse que detràs de los candados no habìa nada.
Ciertos sectores integrados por individuos muy reservados se volvieron aùn màs cautelosos y suspicaces. No pronunciaban palabra y se negaban a responder a cualquier pregunta.
Algunos recurrieron a los Guardadores de Secretos, sujetos discretos e inùtiles que se hacìa contar confidencias para luego no revelarlas.
No faltaron curiosos que se dedicaron a las ciencias ocultas y a la alquimìa. En los galponcitos, en las terrazas y hasta en los lavaderos se instalaban modestos crisoles y atanores para buscar –en ratos libres- la piedra filosofal. Pero la Gran Obra no es cosa de aficionados.
Los Hombres Sensibles trataron de indagar en algunas cuestiones que los obsesionaban.
Quisieron conocer el Secreto de la Belleza que al parecer poseìa una gitana de la calle Sanabria.
O el Secreto de los Movimientos Precisos, cuyo dueño era el billarista de Boedo, Eloy Perdomo Vàzquez.
Viajaron hasta los barrios invernales para buscar el rastro de la Primera Novia.
Y fueron todos los dìas a la feria para encarar a las viejas chismosas y hacerles preguntas filòsoficas.
- Què dice, doña Rosa ? Le han contado para què sirve el Universo?
- Y digo yo… el doctor Carranza tendrà un alma inmortal?
- Aquì, entre nosotros, doña Irene… hay Dios o no lo hay ?
Nunca tuvieron respuestas. No debe creerse, sin embargo, que la conspiraciòn se limitaba a los secretos personales. Existìa una fuerte, aunque ingenua, preocupaciòn cientifica.
Con la mayor desfachadez, los profesores explicaban a sus alumnos el origen del trueno y del refucilo.
Procesos complejos, como el funcionamento del telèfono, estaban al alcance de personas groseras.
Se publicaban diccionarios en idiomas extranjeros y hasta en lunfardo, para horror de los pàlidos noctàmbulos que se solazaban usando palabras de inextricable significado.
Los Hombres Sensibles creyeron adivinar entonces la partecipaciòn de los Refutadores de Leyendas, cuya vocaciòn de maestros ciruela nunca fue desmentida. Ademàs, no hay cosa màs seductora para un racionalista que un mundo sin secretos y sin misterios.
Pero aquì debe pensarse que la revelaciòn de secretos no engendra nuevos conocimientos sino tan sòlo habilita nuevos conocedores. Es el traspaso de nociones ya existentes de unas personas que las ocultaban a otras que las desconocìan. Hablar de los secretos del Universo es una matàfora exitosa cuya consecuencia es confundir lo que alguien conoce y oculta, con lo que todos desconocen.
Sin embargo, el cosmos es una cosa extraña y tal vez alguien ya conoce todo.
Por otra parte, durante milenios se ha supuesto la existencia de Hombres Sabios que poseen conocimientos terribles y no los comunican a las personas corrientes.
Los muchachos de Flores prepararon trampas para desenmascarar a los Bueyes Corneta. Durante largos meses fingieron poseer un gigantesco secreto. Hablaban en voz alta de “aquello que les dije”, se reunìan a la madrugada y cada vez que se miraban hacìan toda clase de guiños y visajes.
Una mañana, en todos los sifones de Flores apareciò una etiqueta que informaba : « Mandeb y sus amigos dicen poseer algo que no poseen. »
La acciòn imaginada o real de los Bueyes Corneta desembocò finalmente en una calle cortada.
Cuando empezaron a escasear los secretos, la gente se aburriò.
Las revelaciones eran cada vez màs insignificantes y versaban, generalmente, sobre asuntos que nadie se esforzaba en ocultar.
En el verano, se instalaron micròfonos en los baños de damas de los bailes, pero la maniobra no despertò mayor interès.
Tambièn se acuñaron falsos secretos, pero sòlo se logrò teñir de falsedad a todos los secretos publicados anteriormente.
Sòlo les quedaba una jugada : confesar su identidad. Era el ùltimo secreto del barrio.
Nunca se supo si en realidad lo hicieron.
Los aviones, los camioncitos y los carteles batidores difundieron revelaciones contradictorias y casi no quedò vecino en Flores que no fuera acusado de pertenecer al Club de los Bueyes Corneta.
Segùn Mandeb, todas las acusaciones eran ciertas. Para él todos habìan partecipado en la conspiraciòn, aun sin saberlo : los Refutadores de Leyendas, las viejas chismosas, los éstomagos resfriados, las señoritas desabrochadas y hasta los mismos Hombres Sensibles. Este entrevero de responsables puede ayudar a comprender la incoherencia que se advierte en todos estos sucesos.
Poco a poco, las personas volvieron avergonzadas a su antigua y amable discreciòn.
Los Reveladores de Secretos pasaron de moda.
Los Hombres Sensibles de Flores fueron aprovisionàndose de secretos flamantes : Castagnino compuso otro vals, Jaime Gorriti siguiò espiando a Estela, Allen consiguiò otro lugar para llorar y el ingeniero Pignataro cambiò su ropa interior.
Pero una noche oscura, un pàjaro fatal, que llevaba un pucho en la cola, escribiò sobre el cielo retinto una revelaciòn de yapa.
Sòlo pudieron verla los que saben advertir las señales. Por cierto, soplaba viento y muy pronto no quedò nada.
Segùn Manuel Mandeb, el mensaje decìa:
“El Universo tiene un solo y espantoso secreto, que es la ausencia de secretos.”
© Alejandro Dolina
Crònica del Angel Gris – Buenos Aires 1988
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ARTE EN COLABORACIÓN

La literatura romàntica postula la proximidad y aun la identidad entre el artista y su obra. De este modo, los poemas, las novelas y los cuentos son tambièn el escritor, o al menos un mapa secreto de su alma.
Es inevitable simpatizar con esta idea, que parece establecer el requisito de sinceridad en cuestiones estèticas. Y es verdad que muchos artistas dejan, como un pelo en el peine, como una silla caliente, señales de su presencia viva. Sin embargo estos rastros no son siempre voluntarios. Màs aùn: es preferible que no lo sean. Las confidencias desmesuradas son chocantes tanto en el arte como en las confiterìas.
En este mismo punto hacemos flamear la primera cuestiòn de esta monografìa : si el hecho artìstico es personal e intrasferible, como explicar la existencia de obras en colaboraciòn ?
Borges afirma que se trata de un prodigio inverso al de Jeckyll y Mr.Hyde: dos se convierten en uno. El resultado artistico expresa una tercera identidad.
No sin pudor, me atreverè a agregar un dato demasiado modesto: el arte no es solamente expresiòn sino tambièn creaciòn. A veces – por fortuna – el escritor inventa. Y aunque sus invenciones tambièn sean mapas secretos, puede ocurrir que el artista no se revele o incluso que se oculte. Quevedo, Lope o Cervantes no se manifestaban en sus criaturas. Y se Flaubert decìa ser Madame Bovary, es casi seguro que Carroll no era Alicia y Salgari no era Sandokan.
El lector saciado de teorias vulgares ya irà sospechando èsta: la literatura en colaboraciòn sòlo es posible en distritos tales como la novela de aventuras o el relato humorìstico. La novela psicològica o la poesia amorosa no podrìan tolerarla.
Lejos de todas estas consideraciones, un grupo de literatos perezosos lleguò a constituir en el barrio de Flores el célebre Comité de Colaboraciòn Artìstica. Al principio sus funciones se limitaban a socorrer a narradores empantanados que acudìan en busca de rimas, adjectivos o desenlaces. Màs tarde, entusiasmados por ciertas ocurrencias afortunadas, llegaron a dictaminar que la creaciòn solitaria es imposible.
- Aun el màs personal de los escritores se vale de aportes ajenos – sostenìan
Los conocimientos previos, el lenguaje, los recuerdos y las influencias literarias son – si bien se mira – formas concretas de colaboraciòn.
El ùltimo colaborador, tal vez decisivo, es el lector.
Tan ingeniosos criterios encontraron la respuesta de los defensores de la creaciòn individual. En ese sentido, vale la pena consultar el libro Imposibilidad del arte compartido o El buey solo bien se lame, escrito por los profesores Luis J. Schwarz y Amedeo Juliani. Màs allà de las discusiones de cenàculo, lo cierto es que el Comité impulsò el nacimiento de numerosas obras. Y uno de sus componentes alcanzò formidable notoriedad. Hablamos de Rodolfo Arrùa.
El orden alfabético lo hacìa aparecer a la cabeza de todos los grupos que integraba. No le hizo asco a ningùn género: partecipò en la redacciòn de novelas, ensayos, poesias, obras teatrales y de divulgaciòn cientìfica. Intervino en la traducciòn de Tierras vìrgenes de Turguéniev, superando su absoluto desconocimiento del idioma ruso. Arrùa fue el colaborador perfecto. Su ductilidad le permitiò siempre someterse al estilo de sus compañeros: si trabajaba junto a Jorge Allen, los versos parecìan escritos de punta a punta por dicho poeta. Si se dejaba ayudar por Silvina Ocampo, la prosa presentaba el aspecto de haber sido construida solamente por ella.
Este mimetismo colosal impide saber còmo escribìa realmente Arrùa. Consecuente con sus principios, jamàs intentò una obra en soledad. Tal vez para mitigar los efectos de su demasiada humildad, el hombre ejercìa una virtud provechosa: con el mayor desparpajo daba por suyas las ideas ajenas. Esta hospitalidad de su firma le ocasionaba frecuentes disgustos. Después de sus cuarenta años apenas leìa, para evitar el encuentro con frutos de su talento, mordisqueados por hàbiles usurpadores, que a veces – por puro disimulo – le habìan precedido en centurias.
Manuel Mandeb decìa haber presenciado algunas reuniones creativas de Arrùa y sus ayudantes. El polìgrafo de Flores destacaba la puntualidad de sus mates, la calurosa aprobaciòn que brindaba a toda sugerencia y una cierta propensiòn a quedarse dormido ante la mìnima demora de las musas.
Rodolfo Arrùa no se contentò con la literatura. Se entreverò con mùsicos, pintores y escultores. Llegò a formar una orquesta de tangos – que llevaba su nombre – cuyo desempeño fiscalizaba desde una mesa cercana.
Gracias a toda esta enorme actividad, conquistò premios y honores que nunca rechazò. Sus enemigos le enrostraban un desmedido afàn de figuraciòn y la costumbre a postergar a sus compañeros de tareas. La acusaciòn no es del todo justa. Cuando en tiempos dificiles se publicò el libro Un gobierno desagradable, Arrùa tuvo la decencia de admitir su nula partecipaciòn en la obra, delante mismo del comisario de policia.
Su colaborador màs asiduo fue el polemista César Rulli. Desde el éxito impresionante de Aramos, dijo el mosquito, màs de treinta obras llevaron la firma de estos dos creadores.
La posteridad adivina celos en Rulli. Un episodio històrico lo confirma: después de muchos años de labores conjuntas, César Rulli publicò en forma solitaria un volumen de cuentos. Un critico le señalò que en esa obra se notaba la ausencia de Arrùa.
- En la otras tambièn – fue la resentida respuesta.
El Comité de Colaboraciòn Artìstica mantuvo una actividad perpetua. Para evitar elecciones enojosas, se estableciò un sistema de colaboraciones por sorteo. Los resultados fueron demenciales.Poner en yunta a espiritus contrapuestos conduce casi siempre al disparate.
El poeta lunfardo Alonso de la Cueva y el severo clasicista Fatiga Sustaita completaron el extenso poema Ninfas y Malandras. Transcribimos algunos versos para ilustrar la yuxtaposiciòn de estilos:
Nemesis, vengadora, acude presto
con un nombre secreto entre los labios.
Olvido no ha borrado los agravios.
La diosa encuentra un taita bien dispuesto,
que un poco rechiflao por el escabio,
va a buscar a la mina y le da el pesto.
Algunos relatos construìdos con estos mismos criterios padecìan defectos perturbadores. El uso alternado de la primera y segunda personas solìa denunciar penosamente el cambio de pluma. Los personaje cambiaban bruscamente de caràcter, segùn eran atendidos por uno u otro artista.
En ocasiones, un mismo pasaje era relatado dos veces. Y no faltaban expresiones superfluas, como “Tiene razòn” o “Como dice acà el amigo”. Algunas obras llegaron a contar quince o veinte autores, cuyos caprichos sumados oscurecìan los textos hasta volverlos incomprensibles. Varias novelas presentaban capitulos firmados en disidencia o finales diferentes en despacho por minoria.
Los intelectuales freudianos suelen proceder al allanamiento de las obras artisticas para buscar huellas de las neurosis del creador, cuando no de sus costumbres ìntimas.
Còmo reaccionaràn estos personajes detectivescos ante una novela escrita en colaboraciòn?
Qué clase de manias seràn capaces de descubrir? A cuàl de los autores habrìan de atribuirselas ? Procederàn a un reparto equitativo ? Vislumbraràn enfermizos maridajes? Dictaminaràn esquizofrenia? No es facil saberlo. Los métodos y razonamientos de estas gentes son màs arbitrarios que las locuras de nuestro obtuso Comité.
Respecto de este asunto, Manuel Mandeb se mostraba desafiante :
“… Conozco los procedimientos de la indagaciòn psicològica. Adivino todas sus metàforas, puedo prever sus mòdicas interpretaciones. Me rìo de sus listas de simbolos. Escribo ahora este capìtulo.Adivinen quièn soy. Puedo escribir ahora mismo otro diferente. Soy capaz de sembrar falsas señales. Soy capaz de ocultar las verdaderas. Puedo crear un arte distinto de éste y hasta puedo ser un hombre distinto del que soy. Mi alma es un secreto inviolable, incluso para mi. Muy brujo tendrà que ser el que me la saque al sol. Vamos… atrévanse, interpreten mis textos y descubran mis fantasias eròticas. Aire, aire… No hay nada tan absurdo como la supersticiòn de un racionalista. »
Respecto de la colaboraciòn artìstica, el pensador de Flores reconociò algunas formas poco frecuentes de ejercerla :
« … Los àngeles y los demonios suelen partecipar en la creaciòn de poesìas, novelas y valsecitos. Yo mismo he compuesto un estilo con la ayuda de un cierto duende nocturno, de rima sonora, pero un poco sentencioso, eso sì. El resto de las personas tambièn intervienen en nuestro arte. Nos inspiran personajes, aventuras y conductas interesantes. Tambièn hacen su aporte los fenòmenos climàticos que suelen dejar en nuestro ànimo fatigas, euforias, melancolìas, temblores y espantos que ciertamente influyen en las obras, aunque nadie sepa de qué modo. Una concreta colaboradora: la censura. La eliminaciòn de ciertas partes de un trabajo lo convierte en algo diferente. A decir verdad, toda colaboraciòn convencional entre dos artistas amigos no es sino un continuo juego de mutuas censuras. El ùltimo ejemplo y el mejor: la payada a media letra. Al final de sus actuaciones, los payadores no improvisan décimas personales, sino que van construyendo una entre los dos. Los versos de uno preparan los del otro y éstos son preparaciòn de los siguientes. Ayudar el compañero es ayudarse a uno mismo ; la piedra que le pongamos en su camino nos caerà encima en forma de montaña. »
Curiosamente, Manuel Mandeb nunca se acercò al Comité de Colaboraciòn Artìstica. Tal vez tenìa miedo de las sanguijuelas que a veces se ocultaban allì. O comprendìa que jamàs iba a encontrar a nadie capaz de suscribir, siquiera por mitades, sus tenebrosos pensamientos.
El Comité desapareciò, como casi todas las entidades de los tiempos dorados. Rodolfo Arrùa abandonò el arte y puso una pizzeria, junto a un socio ingenuo.
Los artistas siguieron ayudàndose a pesar de los profesores adversos. Y este procedimiento, rarìsimo en la antiguedad, es hoy la forma màs corriente de producir arte. Pero aquì, en la ùltima esquina de esta nota, pienso con horror en esos numerosos equipos de investigadores, periodistas, redactores, fotògrafos, correctores, confidentes y batilanas que partecipan de la producciòn de los novelones de Harold Robbins o Arthur Hailey y me pregunto si esto serà el arte.
Yo que he tenido la ocasiòn de ser admitido como asistente por algunos artistas, me permitirè unas modestias recomandaciones.
La primera es eligir un par. No es honesto aprovechar el talento o el prestigio de alguien mejor que uno. Y también es penoso detenerse cada tres pasos para esperar a un insolvente.
La segunda es también la ùltima: es conveniente, antes de escribir con alguien, practicar la amistad, compartir aventuras y desaventuras durante algunos años, cultivar el afecto y la compasiòn, generar el respeto y la comprensiòn tolerante. Después, recién entonces, uno podrà decir que està listo para empezar la obra.
Pero la obra ya estarà terminada.
Alejandro Dolina
Buenos Aires, 1987
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Conocimiento y Aprendizaje

21 Feb 2010
La velocidad nos ayuda a apurar los tragos amargos.
Pero esto no significa que siempre debamos ser veloces.
En los buenos momentos de la vida, más bien conviene demorarse.
Tal parece que para vivir sabiamente hay que tener más de una velocidad.
Premura en lo que molesta, lentitud en lo que es placentero.
Entre las cosas que parecen acelerarse figura -inexplicablemente- la adquisición de conocimientos.
En los últimos años han aparecido en nuestro medio numerosos institutos y establecimientos que enseñan cosas con toda rapidez:
….Haga el bachillerato en 6 meses,
Vuélvase perito mercantil en 3 semanas,
Avívese de golpe en 5 días,
Alcance el doctorado en 10 minutos…..
Quizá se supriman algunos… detalles.
¿Qué detalles?
Desconfío.
Yo he pasado 7 años de mi vida en la escuela primaria, 5 en el colegio secundario y 4 en la universidad.
A pesar de que he malgastado algunas horas tirando tinteros al aire, fumando en el baño o haciendo rimas chuscas.
Y no creo que ningún genio recorra en un ratito el camino que a mí me llevó decenios.
El origen
¿Por qué florecen estos apurones educativos?
Quizá por el ansia de recompensa inmediata que tiene la gente.
A nadie le gusta esperar.
Todos quieren cosechar, aún sin haber sembrado.
Es una lamentable característica que viene acompañando a los hombres desde hace milenios.
A causa de este sentimiento algunos se hacen chorros.
Otros abandonan la ingeniería para levantar quiniela.
Otros se resisten a leer las historietas que continúan en el próximo número.
Por esta misma ansiedad es que tienen éxito las novelas cortas, los teleteatros unitarios, los copetines al paso, las señoritas livianas, los concursos de cantores, los libros condensados, las máquinas de tejer, las licuadoras y en general, todo aquello que ahorre la espera y nos permita recibir mucho entregando poco.
Todos nosotros habremos conocido un número prodigioso de sujetos que quisieran ser ingenieros, pero no soportan las funciones trigonométricas.
O que se mueren por tocar la guitarra, pero no están dispuestos a perder un segundo en el solfeo.
O que le hubiera encantado leer a Dostoievsky, pero les parecen muy extensos sus libros.
Lo que en realidad quieren estos sujetos es disfrutar de los beneficios de cada una de esas actividades, sin pagar nada a cambio.
Quieren el prestigio y la guita que ganan los ingenieros, sin pasar por las fatigas del estudio.
Quieren sorprender a sus amigos tocando Desde el Alma sin conocer la escala de si menor.
Quieren darse aires de conocedores de literatura rusa sin haber abierto jamás un libro.
Tales actitudes no deben ser alentadas, me parece.
Y sin embargo eso es precisamente lo que hacen los anuncios de los cursos acelerados de cualquier cosa.
Emprenda una carrera corta. Triunfe rápidamente.
Gane mucho vento sin esfuerzo ninguno.
No me gusta.
No me gusta que se fomente el deseo de obtener mucho entregando poco.
Y menos me gusta que se deje caer la idea de que el conocimiento es algo tedioso y poco deseable.
¡No señores: aprender es hermoso y lleva la vida entera!
El que verdaderamente tiene vocación de guitarrista jamás preguntará en cuanto tiempo alcanzará a acompañar la zamba de Vargas.
Nunca termina uno de aprender, reza un viejo y amable lugar común. Y es cierto, caballeros, es cierto.
Los cursos que no se dictan
Aquí conviene puntualizar algunas excepciones.
No todas las disciplinas son de aprendizaje grato, y en alguna de ellas valdría la pena una aceleración.
Hay cosas que deberían aprenderse en un instante.
El olvido, sin ir más lejos.
He conocido señores que han penado durante largos años tratando de olvidar a damas de poca monta (es un decir).
Y he visto a muchos doctos varones darse a la bebida por culpa de señoritas que no valían ni el precio del primer Campari.
Para esta gente sería bueno dictar cursos de olvido. Olvide hoy, pague mañana.
Así terminaríamos con tanta canalla inolvidable que anda dando vueltas por el alma de la buena gente.
Otro curso muy indicado sería el de humildad.
Habitualmente se necesitan largas décadas de desengaños, frustraciones y fracasos para que un señor soberbio entienda que no es tan pícaro como él supone.
Todos -el soberbio y sus víctimas- podrían ahorrarse centenares de episodios insoportables con un buen sistema de humillación instantánea.
Hay -además- cursos acelerados que tienen una efectividad probada a lo largo de los siglos.
Tal es el caso de los Sistemas para enseñar lo que es bueno, A respetar, quién es uno, etc.
Todos estos cursos comienzan con la frase -Yo te voy a enseñar y terminan con un castañazo.
Son rápidos, efectivos y terminantes.
Elogio de la ignorancia
Las carreras cortas y los cursillos que hemos venido denostando a lo largo de este opúsculo tienen su utilidad, no lo niego.
Todos sabemos que hay muchos que han perdido el tren de la ilustración y no por negligencia.
Todos tienen derecho a recuperar el tiempo perdido.
Y la ignorancia es demasiado castigo para quienes tenían que laburar mientras uno estudiaba.
Pero los otros, los buscadores de éxito fácil y rápido, no merecen la preocupación de nadie.
Todo tiene su costo y el que no quiere afrontarlo es un garronero de la vida.
De manera que aquel que no se sienta con ánimo de vivir la maravillosa aventura de aprender, es mejor que no aprenda.
Propongo
Yo propongo a todos los amantes sinceros del conocimiento el
establecimiento de cursos prolongadísimos, con anuncios en todos los
periódicos y en las estaciones del subterráneo.
“Aprenda a tocar la flauta en 100 años”.
“Aprenda a vivir durante toda la vida”.
“Aprenda. No le prometemos nada, ni el éxito, ni la felicidad,
ni el dinero. Ni siquiera la sabiduría.
Tan solo los deliciosos sobresaltos del aprendizaje”.
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Alejandro Dolina
Las 10 idiodeteces mas ilustres

Alejandro Dolina
No hay nada más difícil en estos tiempos que encontrar a un señor dispuesto a admitir su ignorancia.
Todo el mundo cree que es obligación el tener opinión formada sobre cada uno de los aspectos del universo.
Por eso no es raro encontrar en cada pizzería muchachones que -entre porción y porción- cuestionan las teorías de Darwin con la misma autoridad con que podrían juzgar las últimas actuaciones de Mastrángelo.
Cualquiera opina sobre cualquier cosa.
Todos son entendidos.
Y si alguien comienza su discurso con un humilde "Yo de esto no entiendo nada", no tardará en agregar un "pero" para luego despacharse con el muestrario
completo de sus ideas sobre la inmortalidad del cangrejo.
Uno se pregunta entonces, ¿cómo se hace para abarcar tanto? ¿Cómo se consiguen opiniones tan surtidas?
Hay dos procedimientos.
El primero consiste en dedicar treinta o cuarenta años a la tarea de adquirir sabiduría.
Los resultados de este método son, hay que reconocerlo, inciertos.
El segundo procedimiento es repetir lo que uno escucha por ahí.
De este modo cualquiera puede adueñarse de los pensamientos que más le gusten, sin tomarse el trabajo de pensar, que es lo que mata.
El mundo moderno -ya se sabe- pone a nuestra disposición una amplísima gama de opiniones sueltas.
Están en los diarios. Se repiten por radio. Florecen en las charlas de café.
Y uno puede elegir la que quiera y repetirla como propia.
Aquí conviene detenerse un instante.
Es evidente que en inmenso stock que mencionábamos hay de todo.
Desde verdades irrefutables hasta estupideces monumentales.
Pero a la hora de elegir, la gente se decide por los juicios más llamativos y detonantes.
Y la verdad suele ser austera y sencillita.
Todo esto, la costumbre de repetir lo que se oye, el ansia de sorprender y la pereza mental, han cimentado el éxito y la consagración de un sinnúmero de disparates que andan de boca en boca, como si fueran la flor del pensamiento moderno.
Estas pavadas son ya lugares comunes.
Pero sus propagandistas las recitan como si acabaran de inventarlas.
El propósito de este trabajo es presentar una colección incompleta de idioteces prestigiosas e intentar una somera refutación de cada una de ellas.
1. Ay, todo es política
Argumento que suelen usar los señores politizados cuando uno les confiesa que la política no le interesa.
Sus sostenedores explican que todas las cosas se interaccionan y que hasta los hechos más baladíes tienen su connotación política.
Por ejemplo, comer un helado puede ser un hecho político si se piensa que quienes no tengan el dinero para comprarlo pueden sentirse víctimas de una
injusticia.
Este mismo razonamiento puede servir también para demostrar que todo es zoología o que todo es aritmética o que cualquier cosa es cualquier
cosa y viceversa.
No hay que llevar la metáfora hasta sus últimas consecuencias.
Hay cosas que son política y otras que no lo son.
Por ejemplo, el tango "El taita del arrabal" no es política.
2. Ay, todo es psíquico
Proposición que atribuye todos los males del cuerpo a los desórdenes mentales que padecemos.
¿Le duele a uno la cabeza?: son los nervios.
¿Le pica a uno la nuca?: es la ansiedad.
¿Vomita uno como un cerdo?: está somatizando.
Refutación: conozco centenares de personas de mente sana que sufren dolores en los lugares más destacados del cuerpo humano.
No es necesario estar loco para apestarse.
3. Ay, en el fútbol ya no hay equipos chicos
Refutación: vaya a ver un partido entre All Boys y Platense en la cancha de Argentinos Juniors y después me cuenta.
4. Ay, nadie es imprescindible
Frase que le sueltan a uno cada vez que abandona una empresa, un trabajo o un cumpleaños.
Parece significar que todas las personas son la misma cosa y que cualquiera puede ocupar los lugares vacantes.
Refutación: siempre hay algo para lo cual solamente sirve una determinada persona. Por ejemplo, para protagonizar el show de Frank Sinatra, es indispensable Frank Sinatra.
5. Ah, el público es exitista.
Cuando uno ganan lo aplauden y cuando pierde lo silban
Y está muy bien.
De lo contrario no existirían diferencias entre los genios y los troncos.
Peor sería que siempre aplaudieran.
O que siempre silbaran.
O lo que es peor: que aplaudieran al que pierde y silbaran al que gana.
6. Si de noche lloras por el sol, las lágrimas te impedirán ver las estrellas.
Frase que han consagrado los posters y que se pronuncia contra el llanto y la tristeza.
Hace milenios, en Grecia, un pedante vio a Solón llorar amargamente por su hijo muerto.
-¿Por qué lloras -le dijo- si de nada te servirá?
-Por eso -contestó Solón- porque de nada me servirá.
Hay que aprender a llorar y a comprender que la vida no es una kermesse.
7. Gardel murió justo a tiempo
Opinión que parece reducir las virtudes gardelianas a una muerte oportuna.
La refutación corre por parte del propio Gardel en cualquiera de sus discos.
8. Hay que tomar las derrotas con filosofía
Cuando uno oye esto, supone que después de perder al truco, es necesario leer a Spinoza o meditar la posibilidad del conocimiento.
Sin embargo, lo que en realidad quiere decirse es que hay que consolarse ante el infortunio.
Con lo cual viene a descubrirse que para algunas personas la filosofía es el consuelo.
Yo pienso más bien lo contrario.
9. Sobre gustos no hay nada escrito
Refrán lamentable que suelen utilizar los amantes del naranjín con cerveza y las camisas con lentejuelas.
En realidad sobre gustos se ha escrito mucho.
Y hasta hay escritores que no han abordado jamás otro tema.
Es cuestión de leer, nada más.
10. Hay que ser amigo de los hijos
Disparate que tiene su origen en un cierto verso del Martín Fierro, cuya negligente lectura puede sugerir que un amigo es más que un padre.
En verdad cuesta trabajo imaginar a un señor que sale junto a su hijo a tocar timbres y patear tachos de basura.
Creo que lo mejor es ejercer la alta dignidad de padre o de madre, con toda la jerarquía que esto presupone.
Los amigos pueden fallar.
Los padres no.
Hay más tonterías ilustres: "Yo tengo mi propio código moral".
"El que va al hipódromo por primera vez, gana".
"Castillo con Tanturi cantaba bien".
"Los norteamericanos tiene un plato volador con los cadáveres de sus tripulantes".
"Los humoristas son gente triste".
Todas estas cosas se oyen mil veces por día.
Es un buen momento para empezar a combatirlas.
Para eso es necesario sacudir las telarañas de los sesos y pensar bien lo que uno dice.
Y cuando se da el frecuente caso de no tener nada que decir, a callar.
Que siempre es mejor visto un pajarón silencioso que un vivo macaneando.
Buen provecho
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